Una de las cosas que aprendimos del nefasto gobierno de Milei es que no queremos para nuestra sociedad ni para la discusión política la banalización del insulto y de la denuncia fácil. Por eso, es importante cortar de raíz cuando aparecen estas intervenciones que no buscan aportar al debate, sino congraciarse con sus jefes mediante la descalificación, metáforas pobres y argumentos de escasa profundidad.
Pero antes que eso, algo más importante: si vos —o los dos parlamentarios provinciales que festejaron tu nota— saben del delito que denuncian (que el gobernador cobra o hace la vista gorda frente a dinero ilegal de la bonaerense), entonces deben ir y denunciarlo. Es su responsabilidad: no es una opción, no es optativo ni voluntario. Tanto la diputada como el senador provincial que celebraron tus palabras están obligados a denunciar los hechos que narrás con tanta certeza, y que, se supone, tendrás debidamente documentados.

Sería más pertinente que le preguntes a Milei qué pasa con las familias que se endeudan para consumir. Salvo que la Provincia de Buenos Aires sea un Estado independiente y yo no esté enterado. También sería saludable que vos y tu organización se pregunten cómo llegamos a esta realidad y qué responsabilidad les cabe en ella.
Es evidente que los bonaerenses sufren el ajuste de Milei. Lo que resulta deshonesto es atribuirle esa responsabilidad al gobernador. De hecho, la provincia despliega múltiples herramientas para amortiguar ese impacto. La Cuenta DNI es un ejemplo claro, si te interesa hablar de instrumentos financieros al servicio de los sectores populares. Y eso ocurre a pesar de la acción de dirigentes como esos dos legisladores —de Avellaneda y Quilmes— que, mientras celebran tu nota, trabajan cotidianamente para obstaculizar la gestión provincial.
«Es evidente que los bonaerenses sufren el ajuste de Milei. Lo que resulta deshonesto es atribuirle esa responsabilidad al gobernador»
En este punto no hay muchas alternativas: o sos un ignorante o un mala leche. Me inclino por lo segundo. Vos y los dos legisladores que celebran tus afirmaciones son los mismos que luego simulan distracción cuando se les pregunta si están limando al gobernador. Es la misma actitud que adopta, con cinismo, ese Kirchner que postulás como presidente.
Está bien que sea el candidato de tu organización; al menos implica transparentar posiciones. Será el pueblo, a través del voto, quien ordene estas disputas y ponga a prueba la eficacia con la que administraron los recursos que tuvieron para construir poder político.
Se puede opinar, disentir, proponer e incluso confrontar. Pero perdiste toda autoridad moral cuando acusaste al gobernador de vender turnos en hospitales. Esa afirmación no resiste análisis: es una canallada. No me consta que eso ocurra; pero, aun si existiera, no sería automáticamente atribuible al gobernador.

El límite se vuelve más sensible cuando apelás al intento de magnicidio que sufrió Cristina. Evitá ese tipo de recursos: no aportan nada al debate. Quienes atentaron contra su vida —alimentados por el odio gorila y ciertos discursos mediáticos— son enemigos de la convivencia democrática. Cristina no es patrimonio de ningún sector. Su figura excede esas apropiaciones.
Si en algo coincido con vos es en que la conducción no se hereda. La portación de apellido no garantiza nada. Todo proceso de liderazgo implica trayectoria, formación y, sobre todo, experiencia en la lucha. Esa experiencia puede ser política, gremial, social o incluso personal; pero deja marcas. Resulta difícil conducir a un pueblo atravesado por dificultades cuando no se ha transitado ningún proceso de ese tipo.
Cristina no es patrimonio de ningún sector. Su figura excede esas apropiaciones.
De todos modos, incluso de este episodio se puede extraer algo positivo: cada vez que me distancio de posiciones como la tuya, reafirmo mis convicciones. El oportunismo, la obsecuencia, la burocratización y el sectarismo funcionan como engranajes que terminan sosteniendo aquello que dicen combatir.
Como advertía John William Cooke, los aduladores no son un fenómeno menor: son el síntoma de una política que ha dejado de interpelar a las mayorías para concentrarse en su propia validación interna.
Nos vemos en las urnas

