En el deporte, como en la vida, uno toma muchas decisiones. Pero hay decisiones Y posturas que marcan un antes y un después. Que te dejan de un lado de la historia. Esta es una de esas.
En primera instancia es necesario aclarar, dadas las diversas opiniones, que Messi puede hacer lo que le dé la gana. Lo que no se puede es evitar las opiniones y las interpretaciones en función de eso.
La visita de Messi a Trump se lee en clave política. Y no hay otra forma de leerlo. Los futbolistas, pero sobre todo un futbolista de la talla de Messi, tenemos muy claro cuál es el peso de este tipo de gestos. Es por eso que Messi históricamente lo evitó. Y está muy bien que así sea, también está bien que haya decidido “jugar” en este momento.
Pero Donald Trump no es una persona más. No es un presidente más. Ni siquiera es un presidente más de los Estados Unidos, con lo que eso implica. Es un presidente condenado por delitos de abuso sexual, involucrado en el caso Epstein -ese millonario misteriosamente asesinado en prisión que organizaba fiestas sexuales con menores para famosos como Trump-, pero fundamentalmente porque Trump es un asesino de guerra, que viene de hacer volar un colegio en Iran donde murieron más de 100 niñas, docentes y familias ( Imágenes verificadas por la BBC confirman que la escuela de niñas en Irán donde murieron 168 personas en los ataques de EE.UU. e Israel fue bombardeada en repetidas ocasiones – BBC News Mundo).
A ese nefasto personaje con las manos manchadas con sangre inocente, fue Messi a sonreírle y darle la mano. Con el conflicto en pleno desarrollo, con los cuerpos aún calientes. Y no solo eso, Trump aprovechó la ocasión para hablar de la Guerra, con Messi a sus espaldas, lo cual configuró un acto eminentemente político.
Nadie sabía siquiera que Messi había salido campeón de la liga intercountries de los Estados Unidos. El Pentágono quiso usar, como todos los regímenes, el deporte para lavar su imagen. Y Messi aceptó. No pecó de ingenuo. No fue sin darse cuenta. Lo aceptó y decidió jugar el juego. Puede hacerlo, está en su derecho.
Hay un ala de la progresía local que salió a decir: “¿de qué sirve pegarle a Messi?”. Les digo: me importa muy poco de qué sirve. No se puede estar tomando posiciones con focus group todo el tiempo. Lo que hizo Messi es una traición a todos esos pibes que tienen sus habitaciones plagadas con sus fotos, esos pibes que quieren ser como él. No todo puede ser explicado en términos de su instrumentalidad. No importa si sirve o no sirve. Importa lo que creemos que es correcto y poder decirlo, con aplausos o con huevazos. Porque los tiempos cambian ¿y ahí que vamos a hacer? ¿Cambiar el discurso por que cambió el contexto? Hay un ala de la política y de los medios que están tomados por la corrección política. Les cuento: nos gobierna la incorrección política. Incluso, recuerden a Néstor, que nos invitaba a no ser “modositos” ni correctos políticamente.
Para cerrar: SI, Messi tenía opciones. No ir, como hizo en otras ocasiones. Ir y demostrar distancia. Cumplir con el acto protocolar e irse a su casa. Sin sonrisas, sin camaradería. Esto fue otra cosa, un acto de apoyo total a ese gobierno de genocidas de pueblos. Esa es la posición que decidió tomar. Hoy, Feinmann, Majul y toda esa sarta de impresentables que lo querían retirar de la selección lo aplauden. Hoy lo sienten de su equipo. Con ellos eligió jugar Messi.
Por mi parte, al igual que muchos otros, nos quedaremos con la decepción de que nuestro ídolo decidió por el bando de los malos. No es nuevo, muchos deportistas famosos eligen sentarse en la mesa de los poderes. Messi probablemente se quede a vivir en Miami, donde tiene intereses comerciales importantes con el fútbol y otros negocios. Ese fue el motor de ir a congraciarse con quienes manejan ese business. Pero, como dijimos, podés tener guita, podes ser campeón del mundo, podés ser el ídolo de los pibes… y así y todo, no tener razón.

