¿Deporte social o alta competencia? La tensión que no existe
¿Qué pensarías si te digo que en el colegio se va a enseñar matemática y matemática social? ¿Qué me dirías si te cuento que llevamos espectáculos a algunos lugares y espectáculos sociales a otros? Desde hace un tiempo también algunos dejamos de hablar de viviendas sociales para referirnos a las viviendas destinadas a los sectores populares. Porque detrás de ese concepto se escondía una prestación de menor calidad.
Estas líneas, como muchas de las que esbozamos desde este lugar, buscan mover el avispero, sacarnos de los lugares comunes y ayudarnos a mejorar.
Desde hace un tiempo se impuso el concepto de Deporte Social, entendido como el deporte destinado a las mayorías, en contraposición al deporte competitivo destinado a una pequeña élite que trabaja para la alta competencia. Desde mi punto de vista, ese es un enfoque que debemos erradicar, una falsa dicotomía, una falsa tensión.
Dice un amigo, que de esto sabe mucho, que el deporte social termina siendo un deporte improvisado y mal enseñado, que termina licuando lo que realmente el deporte tiene para dar. Lo que creemos que busca ser masivo e inclusivo, en realidad achica oportunidades y empobrece el desarrollo de nuestros pibes, brindando una prestación de baja calidad técnica, aun con las mejores intenciones. Que el deporte sea “social” no puede ni debe eliminar la necesidad de formarnos, y de intentar dar la mejor herramienta posible en términos técnicos y pedagógicos. Cualquier cosa que se haga con una pelota no es deporte social, porque sin elementos básicos se pierden las virtudes esenciales que tiene para brindarnos.
La experiencia me ha llevado a la siguiente conclusión: el deporte solo transforma vidas y realidades cuando los pibes y las pibas, a través de una disciplina deportiva, se sienten deportistas. A partir de ahí, entrenan y viven como deportistas. Y a partir de ese cambio de enfoque, pueden desarrollar potencialidades físicas y mentales inimaginables si el deporte no hubiera pasado por su vida. Dichos atributos no solo son una herramienta para el deporte, sino para la vida.
Eso no significa que haya que proyectar un campeón detrás de cada pibe que se acerca a practicar una disciplina, pero sí nos obliga, a quienes gestionamos estos dispositivos, a ofrecer contextos deportivos lo más profesionales, serios y planificados posibles. Ser campeón es una excepción, pero en el camino, en el entrenamiento, en el esfuerzo y en el compromiso, nos podemos acercar a la mejor versión de nosotros mismos. Que no es poca cosa. Ser la mejor versión de uno mismo a veces alcanza para ganar, la mayoría de las veces no. Pero en ese camino habremos adquirido capacidades que solo el deporte me puede brindar.
Realizar torneos, encuentros amistosos y otro tipo de dispositivos “relámpago” sin duda que no resta, porque de allí se pueden llevar experiencias inolvidables. También ocurre que muchos pibes pasan por esas propuestas sin llevarse demasiado. El hecho político sucede, pero los pibes no se van con nada más ni nada menos que con lo que llegaron. Incluso muchas veces se refuerzan rivalidades barriales o personales previas y se potencia esa idea de “el aguante”, que bordea el fútbol que se juega en los barrios.
Quiero insistir en la tesis de que solo una vida se transforma, sobre todo en chicos que vienen de condiciones adversas, cuando se sienten, actúan y viven como deportistas. Para que eso suceda, es condición necesaria que nosotros, los que estamos de este lado, los tratemos como deportistas y les demos las herramientas para poder serlo.
Lo mismo sucede con el deporte para adultos mayores. Una dimensión que “explotó” luego de la pandemia, y que es hoy la mejor herramienta para mejorar el tiempo y las condiciones de vida. Un entrenamiento en pileta o en campo puede ser recreativo, pero a la vez mejorar capacidades. Se puede planificar, se pueden establecer objetivos y proyectar mejoras en los parámetros físicos que se estimulan. Quienes coordinan estos espacios no pueden perder del eje cuales son esos objetivos. Lo mismo para quienes brindan actividades deportivas “sociales” para cualquier edad. Y aclaro, no existe tal contradicción entre jugar, divertirse, esparcirse y entrenar de verdad. Ambas cosas pueden ir de la mano. De hecho, en determinados ámbitos, es necesario que así sea.
Por último, el deporte es una herramienta tan noble, que a cada biotipo le corresponde una disciplina para la cual sus condiciones de base le favorecen. Es nuestra tarea, casi diría nuestra obligación, mostrarle a cada pibe y a cada piba dónde está esa correspondencia. Después, será una decisión personal si el biotipo coincide con los gustos, intereses y necesidades de cada uno y cada una. Pero es muy importante que cada uno pueda saber que, por condiciones físicas, puede ser bueno para hacer algo. Es una caricia al autoestima, hoy tan atacado por el capitalismo digital, para muchos pibes y pibas.
Cuando se logra juntar al profe apasionado con el biotipo específico, el éxito sucede. Cuando el Estado acompaña con la infraestructura y la estructura necesaria, todo es mucho más fácil. Desde Cuba, pasando por Estados Unidos, Rusia y China tienen estrategias para que esa magia suceda. Paradójicamente, la magia necesita de una mano estratégica que la direccione.
Hay muchos pibes por ahí dando vueltas, con autoestima baja y sin motivaciones, que terminan agarrando caminos equivocados y que no saben que pueden ser muy buenos para hacer algo. Se lo tenemos que mostrar. Esa es la tarea.

