Hay una sensación generalizada en las bases peronistas. Y cuando me refiero a las bases peronistas, hago referencia a aquellos militantes y organizaciones que se mantienen lejos de las burocracias que el sistema preparó para anestesiar el potencial transformador del peronismo. Me refiero al pueblo peronista, a aquellos trabajadores de diversas ramas: profesionales, comerciantes, pequeños empresarios, trabajadores de plataformas, delegados de base, trabajadores de la construcción y la industria; y a toda la variopinta heterogeneidad del pueblo peronista que identifica en nuestra tradición de lucha un camino para la liberación de la patria. (Quiero empezar a realizar la tarea de profundizar sobre algunos conceptos que algunos creemos que forman parte de una semántica común, pero no es así: cuando hablo de la “liberación de la patria” no lo digo como concepto abstracto ni como idea intangible. No es una idea romántica. Sino que lo entiendo como la lucha necesaria que debe darse para generar las condiciones que permitan transformar la realidad material y espiritual de nuestro pueblo. Entendiendo que para eso es necesario dar batallas políticas que tocan intereses poderosos.)
El malestar que recorre esos corazones es el de la desesperanza a la que las conducciones burocráticas llevaron a nuestro movimiento en los últimos 11 años. Solía decir un compañero que 10 años es muy poco en la historia de un pueblo, pero es mucho en la vida de una persona. El peronismo hace más de 10 años comenzó un camino de capitulaciones, conformismos, arreglos, falsas promesas y otras yerbas, que lo alejaron definitivamente de su potencial revolucionario. El peronismo en su etapa kirchnerista comenzó a sufrir lo que se llamó una crisis de transformación luego de la salida del Poder en 2015.
La crisis de transformación de una identidad política se da cuando, en un momento histórico una identidad política que tiene una ética, una estética, un conjunto de símbolos, ideas, marco teórico, análisis de la realidad y referencias, deja de tener potencia para transformar la realidad. Eso se da o bien porque los tiempos cambian, porque pierde “hegemonia”, o porque pasan las dos cosas al mismo tiempo.
La crisis de hegemonía es lo más sensible para un proyecto político, a saber; los problemas siguen ahí pero ya no se logra articular una fuerza social detrás de la idea de que nuestra identidad política puede resolverlos. En esa etapa está hoy el peronismo en su etapa kirchnerista. Antonio Gramsci hablaba de la existencia de un “interregno”, un espacio intermedio entre el viejo mundo y el nuevo mundo. Explicaba que la transición del viejo mundo al nuevo mundo era larga y que en esa transición, en ese estadío intermedio, surgían incertidumbres. Hoy el peronismo es solamente incertidumbre, y no me refiero a la rosca, me refiero a la falta de certezas que podemos ofrecerle a nuestro pueblo sobre qué creemos que sucede y cómo se resuelve.
En política uno no puede enamorarse de la herramienta. La organización, la coalición, incluso el partido, decia Perón, solamente son herramientas para el fin último, que es la felicidad del pueblo y la grandeza de la nación. Las bases peronistas se encuentran en un situación de desasosiego general, que pendula entre las ideas opuestas de juntarnos como sea para ganar las elecciones, o sincerar diferencias y construir caminos independientes. Depende del día y el humor de cada peronista.
Pero esa falta de rumbo no es casualidad, es la falta de conducción estratégica. El movimiento peronista, ese gigante miope e invertebrado, se encuentra hoy en una situación de anarquía, nada más lejano a nuestro movimiento, donde la cotidiana de la acción política se disputa entre aventuras personales, patriadas heroicas, negociaciones espurias, dirigentes autoproclamados y otro sinfín de aventuras individuales que lo único que garantizan es la derrota.
La causa de este problema es la paridad de la política argentina. Y no me refiero al “empate hegemónico” del que hablaron otros compañeros, sino que a una consecuencia política bien concreta que ese empate trae aparejado. La derecha argentina, aquellos que quieren transformar a la Argentina en Paraguay o Perú -países donde ya nadie discute sobre la justicia del sistema, sino que son esquemas de pobreza cristalizada e institucionalizada- no logra juntar las mayorías necesarias para terminar de plasmar su proyecto de país en las instituciones. Tampoco tienen la fortaleza electoral para eliminar finalmente al peronismo del paisaje político argentino.
Por otra parte, la dirigencia política del peronismo hace tiempo no tiene capacidad -ni voluntad- para disputar la agenda y luchar por las transformaciones históricas que nuestro pueblo demanda. Pero sí tiene capacidad para trabar la venta final de nuestra soberanía y nuestra tierra. En el medio tiene capacidad para ganar intendencias, poner diputados y senadores, disputar cajas sindicales ,y a partir de allí, construir una estructura de que le permite sostener un lugar privilegiado para negociar con el status quo. En concreto: el empate no es un mal negocio para los bucócratas que ven en la política un negocio de planta permanente. Parte de la política peronista está cómoda en la negociación, relegando la causa del pueblo que sufre las consecuencias de ver cómo cada año su vida empeora, ininterrumpidamente, luego del ciclo de transformaciones finalizado en 2015.
Uno corre el riesgo de volverse repetitivo, pero las candidaturas de 2013 a la fecha, de Martin Insaurralde, Daniel Scioli, Alberto Fernandez y Sergio Massa como candidatos del peronismo, no dejan mucho margen para el análisis. La realidad se torna arrolladora. A esto hay que sumarle que tamaña capitulación siquiera fue efectiva para sostener el Poder: gobierna Milei. En el mundo del que vengo ya se habrían echado a 10 técnicos. Acá parece que todo es siga siga.
A lo que voy es que hace más de 80 años los sectores de Poder de la Argentina intentan destruir al peronismo, lo hicieron de todas las formas posibles. No lo lograron. Porque el peronismo tiene en su interior el germen que le permite dar la batalla independientemente de lo que tenga enfrente. Pero parece que triste y finalmente, son los propios dirigentes del peronismo los que pueden terminar con nuestro movimiento, y pueden hacerlo extrayendo todo el potencial transformador, su naturaleza revolucionaria y convirtiéndolo en un elemento más de la partidocracia argentina que solo puede garantizar la cristalización y la institucionalización de un modelo neocolonial que solo reproduce desigualdades.
En la Argentina hay muchos sectores que luchan. El argentino es un pueblo que lucha. Queda en el peronismo ver si es capaz de generar una política que interpele a los sectores que sufren y luchan, que esas luchas sean puestas al servicio de una propuesta política, para que los que luchan no sientan que luchan en vano. Para que eso suceda hay que transformar esa lucha en esperanza de futuro, porque los que pelean se cansaron que los estafen. Como decía el gordo Cooke, y cito de memoria, el pueblo se cansó de los que pasan a la retaguardia al momento de la lucha, pero a la vanguardia al momento de negociar cargos.
Está en nuestras manos el futuro de nuestro movimiento. Y no es cosa menor. El peronismo como herramienta de lucha de los sectores populares fue el resguardo para que no transformen a la Argentina en un país centroamericano.

