Desde estas líneas suelo ser muy crítico a la generación política a la cual pertenezco. Y hoy me planteo la posibilidad de profundizar al respecto. Esto es importante, porque entender las particularidades de nuestra generación, y sus limitaciones, será clave para poder repensarnos, pero también poder tener influencia en la formación de las generaciones venideras.

Me identifico como parte de la generación política de Néstor y de Cristina. Nos sumamos con la voluntad y la convicción de estar enfrentando al Poder real. Nuestra épica era pelear contra el multimedio monopólico y pro dictadura de Magnetto; era dar la pelea contra la oligarquía pampeana que se toma para sí la renta diferencial que le otorga nuestro suelo. Para pelear contra la gran burguesía que, a través de la concentración de la oferta en bienes clave como el acero y los alimentos, establece precios monopólicos y ejerce una posición dominante que los convierte en un actor político central, por su capacidad para desestabilizar.

Por todas estas causas, genuinamente, muchos y muchas nos sumamos. Suelo repetir una frase, que envejeció mal. Soy de la generación que vino a la política a poner, no a sacar. Después nos encontramos con que muchos de los nuestros, que no eran de nuestra generación, pero formaron parte del gobierno, estaban en la política para sacar. Pero eso no invalida la frase y tengo la certeza de que, con limitaciones, y con cuestiones que iremos desarrollando, la generación de Néstor Kirchner es una generación que se vino a la política con la voluntad de poner, no de sacar. Aunque alguno se corrompa en el medio, que siempre los hay en todos lados.

Esa frase me pareció siempre importante, porque nuestra generación política surgió en respuesta a la generación política del menemismo. Aquellos que se sumaron a hacer política en los ‘90s, se sumaron en el marco de una cosmovisión de entender el Estado como un nicho de negocios. La famosa patria contratista. La pizza con champagne. Para eso se comenzaba a participar de la política en los años ‘90s. No para pelear, no para representar sectores populares o excluidos. Esa era al menos la regla, el mainstream. Siempre es importante aclarar que también hubo muchos compañeros y compañeras que la pelearon por aquellos años, casi en soledad, hasta que todo estalló. Eso sucedía mientras muchos de los que después fueron “nuestros” bebían de las mieles del menemismo y luego encontraron la forma de ubicarse mucho mejor en lugares de decisión durante nuestros años, en detrimento de muchos que pelearon y pusieron el cuerpo. Pero esa es otra historia, aunque también habla de la naturaleza de nuestros doce años, con sus bonanzas y sus limitaciones.

Decía, nuestra generación política creció con una particularidad, estaba tentando en decir limitación, pero mejor digamos particularidad: fue una generación política pensada, planificada, incentivada y construida desde el Poder del Estado. Y está bien eso de que el Poder fáctico estaba en otro lado, pero el Poder del Estado pesa y desde ahí se construyó la generación política. En aquellas épocas cumplíamos un rol que nos llenaba de orgullo: acompañar aquellas medidas de reivindicación histórica que se llevaron adelante; poner el cuerpo a las políticas públicas para garantizar que lleguen a cada vecino y vecina; y generar una organización política a través de la cual construir una masa crítica que impida los retrocesos. Que se logren consolidar como políticas permanentes algunas de las decisiones de esos años. En las primeras dos cumplimos, en la última fracasamos. 

Pero sobre todo: no fuimos una generación formada a través de la lucha. Esto es una realidad. La mayoría de las experiencias de estas características surgen de un proceso social, contestatario, que va tomando forma política, de allí emergen líderes que luego, en algún momento, logran ganar las elecciones y tomar el Poder. Nuestro caso es al revés, Néstor y Cristina tomaron el poder sobre la base de la clase política de la época, y sobre eso construyeron organización política interpelando a un nuevo sujeto social: los jóvenes militantes. Cuando miramos en clave histórica, entendemos que fue una generación que no fue formada para pelear. Sus condiciones históricas le impiden comprender la experiencia de poner el cuerpo y es por eso que se volvió una caricatura de sí misma luego de 2015. 

Nuestra generación no entendió cómo construir desde la oposición. Sobre estas limitaciones es que se montó una especie de burocracia militante, que sobre la base de una conducta militante construida durante los tiempos de avances estratégicos, y sobre todo, sobre un mar de contratos con el Estado, terminaron por deformar la naturaleza transformadora de nuestra generación. 

El proyecto político dejó de ser el centro, la organización popular también. Todo se transformó en un sálvese quien pueda, con base en bandas internas, para ver quién podía ubicar compañerxs en un sindicato para conseguir impunidad, quienes se vendían a los nuevos jefes de turno, etc. 

Mi verdad relativa la dije en 2015 y la repito ahora: cada compañero que cumple un rol en la función pública, durante un gobierno que avanza en conquistas históricas, debe saber de antemano que es provisorio. Se termina nuestro gobierno y nos vamos. Vamos a trabajar al sector privado y a volver a construir el poder popular. Esa es mi verdad relativa. Naturalmente, cuando gobernás, necesitás compañeros y compañeras para cubrir cada espacio: ¿quién mejor que un compañero o compañera para garantizar que cada política pública llegue como corresponde al vecino y a la vecina? Pero ese ciclo termina. Seguramente seríamos mucho más legítimos ante la sociedad si hubiéramos tomado esa decisión. El problema es que muchas organizaciones se habrían quedado sin militantes si eso ocurriera. Quizás, entonces, fallamos en la formación de nuestros militantes.

Y una última reflexión. La limitación en la formación política de nuestra generación encuentra un cuello de botella, una pregunta sin responder y una posición sin tomar en la caracterización sobre los hechos ocurridos durante los años 70. Todo se redujo en una síntesis que ponía en el centro la lucha por los derechos humanos, la memoria, la verdad y la justicia. Lo cual es muy necesario, pero no suficiente. Habrán notado que nuestra generación no habla de los años 70. Existe una especie de admiración, pero a la vez un repudio ahistórico a sus prácticas, y eso es también por falta de formación histórica. Mi posición es la siguiente: reivindico a los compañeros y compañeras que, con aciertos y errores, le pusieron el cuerpo a la lucha contra la dictadura militar. Reivindico a los compañeros y compañeras que condujeron ese proceso de resistencia y a los que le pusieron el cuerpo. Esto ocurría mientras la mitad de la población civil, eclesiástica y el poder mediático era cómplice y la otra mitad miraba para otro lado. Los reivindico. Los errores ahí están y son claros. Pero reivindico y admiro a quienes decidieron poner el cuerpo ante una dictadura genocida. 

Pero eso no implica que hoy haya que ensayar algo similar ni mucho menos. Los métodos de la política son hijos de su época. La organización político-militar fue algo muy extendido en los años 60 y 70 en todo el mundo y correspondía a un contexto. Hoy debemos convencer y ganar elecciones. Una vez que las ganamos, transformar realidades. Para transformar realidades es necesario dar algunas peleas, y para darlas, creo, mi generación tiene mucho para aprender.

Somos una generación política que hoy tiene entre 30 y 50. Tenemos la madurez, la experiencia y la formación para estar al frente o acompañar lo que viene, que tiene que ser un nuevo proceso de transformaciones sobre la base filosófica del peronismo, adaptada a las nuevas demandas y a las nuevas formas de comunicarnos. Sin perder nuestra esencia.

Esperemos estar a la altura. Hago un llamado a los que se sumaron, pero se decepcionaron; a los que se cansaron; a los que vieron que era otra vez lo mismo, que ese compañero o compañera no era lo que pensaba. Construyamos una nueva épica sobre la base de la justicia social, que es la más importante de las justicias, porque es aquella que nos reconoce como comunidad. La que nos invita a tender una mano. 

 Será Victoria.