Las elecciones en Brasil dan para muchos análisis. Acá nos vamos a enfocar solo en algunos datos. De las últimas 21 elecciones en Sudamérica, los oficialismos perdieron 18. Esto sugiere que la población ve un deterioro en su nivel de vida y penaliza a los gobiernos que no logran transformar considerablemente su situación, su metro cuadrado. Independientemente de su color político.

Si nos detenemos en los procesos que más nos identifican desde lo ideológico, contamos los casos de:

Correa.
Boric.
Alberto Fernández.
Petro.

Y podemos agregar el caso del último fin de semana, donde Lula perdió la primera vuelta ante el hijo de Jair Bolsonaro y se encamina a un difícil ballotage.

El punto en común de los gobiernos salientes es que asumieron luego de experiencias fallidas de candidatos de derecha. Lo hicieron con promesas de recuperar un bienestar social y económico que no llegó, aún con los matices y particularidades de cada caso.

También aplica para el caso de Lula, donde se identifica un proceso de recuperación económica, pero empujado por sectores primarios de escaso valor agregado, combinado con una apertura comercial que perjudica a los grandes polos industriales, fundamentalmente el de San Pablo, el polo industrial más grande de Sudamérica, donde Lula sufrió una fuerte y decisiva derrota: más de 3 millones de votos de diferencia.

Lo cierto es que, en el mundo actual, las ideologías y la disciplina partidaria parecen desvanecerse, y una persona puede votar, sin culpa, a Macri, luego a Alberto Fernández y luego a Milei.

El capitalismo moderno y tecnológico ha generado enormes ganancias de productividad, pero también ha deteriorado las condiciones de una parte importante de los trabajadores del mundo: caídas de los salarios reales y, sobre todo, precarización de los empleos.

En ese contexto, grandes mayorías buscan salidas en gobiernos que, desde distintos marcos ideológicos, no parecen encontrar soluciones a esta problemática.

Es un voto menos ideológico y más instrumental. Y allí donde no encuentro una alternativa que me represente, opto por el que aún no estuvo. Por el distinto, por el que menos se parezca a los que estuvieron.

Por otro lado, también tenemos que tomar nota de un concepto que caló hondo en nuestras filas. Es el fenómeno de la moderación.

Luego de las grandes transformaciones que tuvieron nuestros países y los grandes líderes de principio del siglo XXI, comenzó una oleada restauradora que llevó al poder, por ejemplo, a Macri en Argentina, Temer en Brasil y Cartes en Paraguay.

Pareciera que tuvo un fuerte impacto en nuestra dirigencia el discurso de la “chavización” de la región, como culpable de no haber resuelto problemas de fondo durante dicho período. Los logros obtenidos fueron adjudicados a “políticas populistas” que lograron mejoras de corto plazo, pero decadencia en el largo plazo.

La autocrítica implícita parece haber sido que fuimos demasiado radicales, pero la moderación se transformó en posibilismo e impotencia.

Este discurso no sólo caló en parte de nuestras sociedades, sino también en la dirigencia política. Es por eso que los candidatos, referentes y quienes tuvieron la responsabilidad de encabezar los ejecutivos durante el período posterior optaron por una sobreactuación de la moderación en la política y en la economía.

Dicha moderación impidió la posibilidad de dar las grandes peleas que son condición necesaria para revertir el ciclo restaurador y los coletazos en la periferia del capitalismo tecnológico.

Es por eso que estos gobiernos no transformaron y parte de las sociedades se volcaron por opciones radicalizadas de derecha como un “voto de confianza”, para ver si algo diferente puede modificar penosas realidades.

Milei en Argentina. Bolsonaro en Brasil.

Estos experimentos no solo fracasarán: ya lo están haciendo, sino que agravarán los problemas actuales.

Es por eso que resulta sumamente trascendente tener un diagnóstico correcto de la situación.

La ciudadanía no está exigiendo moderación y tampoco modales. Está exigiendo las transformaciones necesarias que le hagan mejorar su metro cuadrado. Hoy, sin ir más lejos, se acepta un salvaje ajuste, recortes a universidades y personas con discapacidad, porque aún sobrevive la idea de que es doloroso pero es el camino. Esa paciencia parece estar agotándose.

En la Argentina, particularmente, desde diciembre de 2015 hasta la actualidad, se vive cada día un poquito peor. Y 11 años es poco tiempo en la vida de una Nación, pero demasiado tiempo en la vida de una persona.

Es tanto tiempo que alcanza para justificar el hastío.

No hay dudas de que el pueblo volverá a confiar en alternativas que se opongan a estos modelos de violencia y deshumanización. Tampoco hay dudas de que no hay margen para nuevos fracasos y frustraciones.

Cuando llegue ese momento, no se necesitará moderación sino la decisión política para generar las transformaciones, las luchas y las regulaciones que este capitalismo posmoderno periférico demanda para volver a sentir que hay esperanza y que los trabajadores puedan volver a sentir que su esfuerzo vale la pena.

Solo a partir de esa certeza material podremos trabajar, en paralelo, por los grandes valores que identifican a nuestro país y nuestra región: la solidaridad, la justicia social, la integración y el respeto; por sobre el odio, el insulto, el individualismo y la discriminación.

El respeto es necesario. Recuperar el diálogo institucional y el respeto por los otros, sobre todo cuando viene de la máxima figura institucional, es importante. Pero eso no se debe confundir con falta de decisión para transformar las cuestiones que efectivamente es necesario modificar y las luchas que deben ser dadas.

No se trata de elegir entre moderación y radicalidad. Se trata de recuperar la capacidad de transformar.

Esperemos estar a la altura. De lo contrario, difícilmente haya revancha.