La transgresión es una parte central de la política. Atrae, enamora y moviliza. Néstor fue un transgresor y Milei también lo es. La transgresión genera pasiones y las pasiones movilizan la participación política. Para ser transgresor y ser exitoso se debe “atacar” a una estructura que no funciona. O que la mayoría crea que no funciona. Probablemente solo gane enemistades aquel que pretenda transgredir una estructura que garantiza armonía, igualdad, o algún otro criterio valorado positivamente por la sociedad. Néstor fue un transgresor contra una estructura que nos había llevado al 2001. Milei lo fue contra una estructura que una mayoría consideró que nos había llevado a la “decadencia”.
Pero para ir más profundo pretendo hacer un poco de historia. En el auge de la industrialización la vida estaba más o menos diseñada, moldeada y ordenada. Todo el mundo, más o menos, tenía claro qué había que hacer: tener un trabajo que iba a durar para toda la vida y una familia con hijos. Las personas eran de un rubro: “soy metalúrgico”. Y lo eran toda la vida. En la vida privada sucedía algo similar, había que tener una familia e hijos. Los valores éticos que moldeaban a la sociedad eran los del cristianismo, con algunos más y otros menos practicantes, pero esos eran los principios rectores de la sociedad. Es la sociedad del pleno empleo.
Desde esa sociedad es que surgen dos grandes corrientes que vienen a poner en discusión el “estado de las cosas”: el progresismo Europeo y el Neoliberalismo. Ambas ideas vienen de una misma matriz: el liberalismo. El objetivo era comenzar a desarmar esa sociedad industrial (que estaba lejos de ser perfecta) pero garantizaba cierta estabilidad y previsibilidad -no existían los ataques de ansiedad y los desempleados permanentes-. Además, las estructuras políticas de la sociedad industrial, habían empezado a jaquear al sistema en su conjunto.
Estas críticas vinieron de la mano de un nuevo sistema económico que se impuso, ya no estaba el Estado de Bienestar, los sindicatos comenzaban a perder participación y masividad, la lucha política comenzaba a parecer “pasada de moda”. Estamos en el consenso de Washington. En el triunfo de Thatcher y de Reagan. Es el momento del “individuo” por sobre el colectivo. Es el momento donde el ser humano se “libera” de las identidades colectivas que lo habían “atrapado” durante la sociedad industrial. Es el fin de las grandes luchas y de los grandes sueños. Es la época de la lucha por lo mío, por lo propio, por mi metro cuadrado. El fin de las utopías, es la época de “luchar por lo posible”. El mundo material se transformó, la globalización implicó una nueva forma de ordenar la producción y las crisis de deuda hicieron estragos en “las periferias”.
Ese es el contexto en el cual, desde el progresismo y desde el neoliberalismo, comenzó una militancia por el “yo”, dejando de lado el “nosotros”. Desde el neoliberalismo esta perspectiva se ordena desde la lógica del mercado, ya no existen los vínculos entre personas hermanadas por las condiciones sociales desde las cuales se insertan en la producción y a partir de allí el lazo de fraternidad que se genera. Las personas, desde esta perspectiva, sólo se vinculan desde una lógica transaccional. Desde el progresismo, por su parte, la lucha pasó de la transformación de estructuras de dominación al reformismo descafeinado. Del peronismo revolucionario al radicalismo de Alfonsín. Ya no se trata de disputar contra los grandes polos de Poder que producen y reproducen desigualdades, sino por negociar conquistas en el plano simbólico mientras las grandes desigualdades siguen ahí presentes, pero con discursos más progres dando vuelta. Ahí está su goce.
Lo revolucionario dejó de ser salir a pelear por lo común, a ponerle el cuerpo a la causa del barrio, de la fábrica o del cole. Lo “transgresor” pasó a ser el discurso de que “hago lo que quiero”, “no me ordena ningún patrón de conducta”… En última instancia, “no me importa el otro”. Esto es un golpe de muerte al Peronismo en su faceta más profunda, el concepto del hombre libre que se desarrolla material y espiritualmente al mismo tiempo que se desarrolla su comunidad organizada.
Lamentablemente estas “balas” también entraron en la militancia, donde la liberación de la patria pasó a ser el sueño solo de una pequeña minoría, mientras que masivamente pasó a ser un empréstito más a través del cual ganarse la vida. “Voy a la marcha para que me vea tal, o porque convocó tal, o porque si no voy se van a enojar”. Me eriza la piel y estremece el espíritu. Conclusión: gobierna Milei.
Cuando era chico había una serie que se hizo muy famosa por sus mensajes y sus actuaciones. En un momento Mario Santos, el protagonista, tiene una conversación con un chico que creía revelarse contra el sistema usando remeras de bandas de punk y otras cuestiones que tenían que ver con su aspecto. Luego de reflexionar con él sobre el “mercado de la rebeldía” concluye: “¿Te querés revelar? Usá traje”.
Quizás haya nuevos trajes que ponerse. No tengo dudas que la rigidez de la modernidad industrial debe ser revisada. La familia puede tener el formato que cada uno elija, se puede amar a la persona que uno desee, el ambiente es la casa común y hay que cuidarlo, el patriarcado mata y la comida transgénica también. Pero quizás, como decía Santos, si queremos transgredir, haya que volver a usar traje.

